Facundo Alejandro Re

Diálogos

La primera vez que hablé con Horacio yo tendría unos sesenta y pico de años. Acababa de fallecer mi mujer y lo recuerdo más que nada por eso, porque de no sentirme tan solo ni se me hubiera ocurrido seguirle la corriente.

Llamó a la noche, para decirme que la había conocido a Marta, que lamentaba mi pérdida y todas esas cosas que se dicen en momentos así. Yo estaba devastado por la reciente viudez, por lo que ni se me ocurrió preguntarle de dónde la conocía. En vez de eso le seguí la charla.

Terminamos hablando como una hora y se hizo realmente muy ameno. Le conté anécdotas de mi matrimonio, le hablé de nuestros hijos que vivían en Europa, de cómo sentía que una parte de mí había muerto con ella.

No sé por qué lo hice, nunca me sentí cómodo hablando de mi vida con desconocidos. Pero como ya dije, mi reciente soledad me había afectado mucho, y necesitaba algo a qué aferrarme. Cualquier cosa.

A partir de allí empezamos a entrar en contacto bastante seguido. Hablábamos por teléfono dos o tres veces por semana, nos mandábamos cartas, porque ninguno de los dos sabía usar la computadora, y él me visitaba de cuando en cuando para darme alguna sorpresa.

Pero nunca cuando yo estaba. Porque Horacio tenía una sola regla: nunca debíamos vernos, bajo ningún motivo. El no me buscaría y yo no debía buscarlo a él. Era muy insistente sobre eso y se enojaba cuando yo quería intentar un acercamiento. Yo imaginaba que se avergonzaba de su apariencia por algún defecto físico o algo por el estilo, y por eso no querría que lo viera. Con el tiempo dejé de intentarlo.

Como decía, él venía a mi casa, pero sólo cuando yo no estaba. Sucedía cuando por algún mandado debía ausentarme algunas horas, y a la vuelta encontraba cosas que Horacio había dejado para mí. La primera vez recuerdo que fue un libro de Bukowski que anhelaba leer pero no lo encontraba en ningún lado (yo se lo había dicho en alguna de nuestras diversas charlas), y me sorprendió mucho llegar y encontrarlo encima de la mesa del living.

Después me fui acostumbrando a esas cosas, al punto de tomarlo como algo natural y sorprenderme en caso de que no hubiese nada extraño cuando yo volvía.

Otra de las veces que más recuerdo fue al regresar de una de mis visitas al médico (que con el correr de los años se hicieron habituales), y encontrarme con una caja de habanos Cohiba, mis favoritos, que Marta siempre me había prohibido, aduciendo que eran malos para mis pulmones (tenía razón, por supuesto).

Yo no los compraba después de enviudar como una cuestión de respeto hacia mi fallecida esposa, algo que hablándolo con Horacio él se encargó de menospreciar completamente.

Se lo agradecí mucho por teléfono e insistí en verlo o ir a su casa para retribuírselo, pero se mostró férreo en negarse. De todas maneras al otro día le envié una botella de Bianchi 1887, el mejor vino que pude comprar.

Fueron corriendo los años y cada vez pasaba más tiempo adentro de mi casa comunicándome con Horacio. Llegamos a un  punto de hablar todos los días, con picos de dos o tres horas sin ningún esfuerzo. Tocábamos todos los temas: política, fútbol, salud, música, literatura. Horacio demostraba un conocimiento asombroso sobre todos ellos y muy a menudo dejaba en ridículo mis opiniones. Las cartas no eran tan frecuentes pero no las abandonábamos. Por lo menos dos o tres veces al mes le escribía.

Al cumplir yo los setenta y cuatro algo había cambiado. Mi enfermedad avanzaba velozmente y, según el médico, no llegaría a los setenta y cinco. Se lo comuniqué a Horacio, quien se despachó con un maravilloso monólogo sobre la vida y la muerte, sobre nuestras acciones en la tierra y sus consecuencias y sobre el próximo paso. Al cortar el teléfono rompí a llorar.

Ya lo tenía decidido. En realidad lo venía pensando hacía varios días. Sabía que no me quedaba mucho tiempo, y bajo ningún aspecto quería morirme sin ver a Horacio en persona. Ningún defecto físico o lo que fuera a encontrarme me impediría ver cara a cara a la persona más importante en mi vida de los últimos diez años.

Al día siguiente me puse mi mejor traje, anoté cuidadosamente la dirección a la que enviaba las cartas y tomé un taxi. Por supuesto, a Horacio no le dije ni una palabra. Sería una sorpresa. Yo estaba convencido de que por más que protestara al final me lo iba a agradecer.

El taxi anduvo como media hora. Era una dirección casi en las afueras de la ciudad.

“Llegamos” me avisó el chofer cuando se detuvo en una angosta calle de tierra en un barrio bastante humilde. Estábamos detenidos frente a un gran terreno baldío cubierto de yuyos y un montón de desperdicios de diversa índole.

“Es un baldío”, observé.

“Es la dirección que me dio”, objetó el taxista.

Chequeé los datos a ver si eran correctos. Calle Matheu Nº 467. El conductor me aseguró que no había otra calle Matheu en toda la ciudad. La casa que seguía tenía el número 469. La anterior, el 465. No había error.

Pedí al hombre del taxi que me esperara un momento y bajé a hablar con los vecinos. Pregunté en las dos casas que flanqueaban el terreno pero no conocían a ningún Horacio, y en ambas aseguraban que ese terreno había estado vacío por lo menos los últimos cincuenta años.

Me sentía muy desorientado. La cabeza me dolía y creí que iba a desmayarme. Volví al taxi y le pedí por favor al chofer que me llevara a la central del correo.

Creo que el taxista me hablaba pero en realidad lo adivinaba porque veía como sus labios se movían. Era incapaz de escucharlo. Todo me daba vueltas.

Pregunté en la mesa de entradas del correo sobre las cartas enviadas a la dirección de la que acababa de venir. Un empleado pidió mis datos y desapareció unos instantes. Al rato volvió con una caja llena de sobres sin abrir.

Me puse a revisarla desesperado. Eran mis cartas. Las que le había mandado a Horacio. Y debajo de ellas, la botella de Bianchi, herméticamente cerrada.

Me informó que había más cajas en el depósito. Le pregunté si no habían podido entregar ni una sola de las cartas. Me dijo que según el registro informático absolutamente todas habían regresado.

Con el corazón palpitando y haciendo grandes esfuerzos por no caerme salí del correo y fui a la empresa de teléfonos, que no estaba muy lejos de allí. Llegué diez minutos antes de que cerrara, pues ya eran casi las ocho de la noche.

Estaba como abombado, con dificultad para respirar y sin poder pensar claramente. ¿Cómo pudo Horacio contestar mis cartas durante todos esos años si la dirección a la que las enviaba no existía, y de hecho todas habían regresado sin ser abiertas al correo?

Mi cabeza era un torbellino de ideas que se anulaban mutuamente, y mi cara debió reflejarlo, porque el empleado de la telefónica me ofreció un vaso de agua antes de preguntarme qué necesitaba.

Acepté, y un poco más repuesto le dije que quería saber los datos de una línea de teléfono. Sonrió, me dijo que no habría problema y me solicitó el número de teléfono del qué quería los datos.

Abrí la boca para contestar y en ese momento me di cuenta de que no lo sabía. Tantos años, tantas llamadas telefónicas, y nunca se me ocurrió preguntárselo. Siempre me había llamado él.

Por más que parezca una obviedad, nunca me había percatado de ese detalle. Nunca lo pensé, nunca se me ocurrió. Ya dije que todo lo que sucedió lo fui tomando como algo natural.

Maldita soledad.

No recuerdo con que excusa me levanté y abandoné el lugar. Casi dando zancadas llegué a la calle y tomé un taxi a mi casa. La noche lo cubría todo y no dejaba ni ver las estrellas.

Yo no podía parar de pensar. Recordaba que en todas nuestras charlas Horacio nunca mencionaba nada de su vida ni de algo que tuviera que ver con él. Hablaba de temas generales, me preguntaba cosas, opinaba. Pero nunca decía nada que pudiera darme pistas de quién era. Diez años hablando casi a diario con una persona y resultaba ser para mí un perfecto desconocido.

Atravesé la puerta como un rayo, con el corazón a punto de salirme por la boca y todos mis nervios en estado de tensión. Sudaba como hacía años que no me pasaba, tenía las manos completamente frías y no podía dejar de temblar.

Recorrí la casa de punta a punta para ver si había algo extraño, una señal de Horacio. La vi al final del recorrido, en el living.

Encima de la mesa ratona había un papel escrito a mano, era la letra de Horacio, aunque su escritura no mostraba la prolijidad habitual, sino que parecía como garabateada a las apuradas o alterado por algo.

Tuve que hacer grandes esfuerzos para mantener mi mano quieta y poder leer la nota. Decía: “Te dije que no me buscaras. Ahora tenemos que hablar”.

Fue lo último que vi. La luz estalló dejando todo a oscuras. Un fuerte ruido se oyó en la cocina, y luego pasos que se acercaban. Sentí un aliento helado soplándome la nuca.

Horacio estaba allí.

 FIN

 

 


Facundo ReFacundo Alejandro Re
(Rosario, 1987). Es periodista, comunicador social y escritor aficionado. Fue conductor radial en FM Presencia 97.5, redactor en FútbolDeArgentina.com.ar y webmaster del sitio web oficial del Club Atlético Germinal de Rawson. Colaboró con la revista Medios y Enteros de Rosario y el diario La Ciudad de Rawson. Obtuvo el primer premio en el Concurso Internacional de Cuentos ‘Hontanar’ en 2012.

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Una respuesta a Facundo Alejandro Re

  1. Graciela Meglia dijo:

    Muy bueno. Felicitaciones Facundo. Hay algún libro tuyo que esté publicado? Me interesa leerte.

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