Marcia Carrara

YO NO QUERÍA QUE TE FUERAS

“Mirá, está jugando la selección”, le dijo. Él le tomó la mano, se la apretó muy fuerte, tan fuerte que la hizo estremecer. Ella le señaló el televisor. Él no entendía demasiado lo que le estaba diciendo. Estaba rodeado de cables y un enorme tubo de oxígeno. Ella estaba asustada. En realidad, más que asustada, se sentía aterrada. Sabía que lo peor estaba por venir. ¿Por qué esas personas que amamos con locura nos dejan cuando nosotros todavía esperamos que nos empujen para caminar?, se preguntaba. Nunca pudo encontrar una respuesta. Por lo menos, no una que la satisfaga.

Sábado 16 de agosto de 2008. Copa Joan Gamper. Barcelona 2 – Boca Juniors 1. La selección para ella era el club de la rivera. Siempre le decía así. Aún le dice así. Él lo sabía bien, y se reía al escucharla. Peleaban a más no poder y nunca pudieron mirar un clásico juntos. Él llevaba en su corazón y en su alma los colores del “millonario”, de River Plate. Pero ni siquiera esa barrera tan grande pudo derribar el inmenso amor que había entre ellos. Ese loco lazo que los unía. La sangre. Pero había algo más. Ella se veía reflejada en él. Los dos arrebatados, pero siempre defendiendo lo que les parecía justo. Sangre “tana” y caliente corriendo por sus venas.

Ese día fue el último en que lo vio reir. A veces, su pesar se calma sabiendo que fue ella quien le proporcionó esa última sonrisa. Disfrutó tanto el gol de Viatri, que hasta creo que él se alegró por ella. Aunque después Puyol y Eto’o le pusieron un paño frío a esa superficial alegría. ¡Sí, superficial! Es que un triunfo de Boca no la iba a hacer sentir mejor. Boca ya no podía darle felicidad porque la felicidad estaba a punto de soltarle la mano. En ese instante, la vida de niña mimada y de muñeca de porcelana que había llevado por 21 años se enfrentó a la más triste realidad.

Era joven. Todavía tenía sueños que cumplir y batallas que ganar. Ella lo iba a ayudar, iba a ser su sostén. Sentía esa obligación. La tenía sólo a ella, a esa chica que ni bien nació le regaló un auto de carreras con la certeza de que iba a ser un varón. Pero fue amor a primera vista. Se enamoró de ella desde que la vio bostezar en esa habitación de la Clínica San Nicolás. Y la llevó en el tractor todas las veces que se lo pidió, y la dejó jugar a la “casita” en la casilla, pero jamás le permitió ganar una partida de chinchón. Esa es una deuda que quedó pendiente.

Ella recuerda que se agitaba con frecuencia, y que le pidió a su padre que salieran del hospital. Tenía la ilusión de volver a verlo. Pero se equivocó. A las diez de la noche del martes 19 de agosto, le llegó la peor noticia. Su abuelo, su abuelito, ese que siempre usaba la clásica bombacha de gaucho color verde seco y las alpargatas azules acordonadas, ya no estaba físicamente. Nunca más volverían a jugar al chinchón para esperar la Navidad. Nunca más ella viajaría en el improvisado asiento del jeep modelo ‘60 hacia Juan Gregorio Pujol, su hogar antes de mudarse al pueblo. Nunca más compartirían su adicción a los chocolates y a los postres.

“Yo no quería que te fueras”, ella repitió durante noches mirando una foto con su rostro, a escondidas, lejos de las miradas. Ella tenía que continuar con sus estudios, con su vida. Intentó mostrarse íntegra. Sólo máscaras. Era su abuelo materno. El abuelo Carlos. El que tan sólo tenía 72 años. El de los bigotes raros. El que le había enseñado a amasar un amor incondicional por la tierra. El que trató de hacerla a su imagen y semejanza. El que le regalaba las bombachas de gaucho para que se tirara en el pasto a apreciar la magia del campo.

Hace algún tiempo la vi. Está bastante delgada, con pelo largo tirando a rojizo, un poco más apática que antes, pero siempre dispuesta a darte la mano e intercambiar alguna que otra palabra. Las heridas parecen haber cicatrizado, pero su espíritu de lucha se mantiene intacto. Supe que forma parte de una organización que defiende los derechos de los pequeños productores en honor a su abuelo. Pero no puedo dar fe de ello. Seguramente seguirá sus pasos. Es que hay lazos y amores que el tiempo y la distancia jamás podrán romper.

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