Nicolas Enrique

Espejo

Llegamos a casa y prendimos las luces. Apenas habían pasado unos minutos de las cinco de la tarde, pero mamá no quería tener la sensación de estar en un lugar oscuro; aunque faltasen horas para que cayera el sol. Nos ofreció té. Ninguno se negó.

“Ahora empieza la peor parte del duelo”, pensé. Cuando fui a la cocina la encontré parada frente a la heladera sin poder moverse. Traté de quitarle importancia a la situación preguntándole si no quería que llenase la pava. Me miró, se rió y me agradeció en silencio. En el living empezó a sonar el televisor.

–           ¡Fijate si no está la novela! – gritó mamá.
 –           Son las cinco y media de la tarde, mamá. – dijo mi hermana.
 –           Ah, es temprano todavía. Anteayer terminó re interesante, no sabés. – me dijo, parecía animada. Afuera el mundo se movía sin cuidado. Cuando el agua estuvo lista llevamos todo a la mesa del living. Vimos las noticias: llovía en Buenos Aires y en alguna parte de Europa protestaban en la calle por miedo a perder el nivel de vida que tanto sacrificio les había costado obtener.
 Tomamos el té en silencio, mamá era la única que comentaba lo que la tele mostraba; aclarando y opinando cada cinco minutos. Las migas caían haciendo ruido sobre los platos cada vez que levantábamos una galletita dulce y el humo de las tazas parecía resonar también. Después vi que la pava era la que dejaba escapar el murmullo del agua hirviendo.
Alguien había tenido la delicadeza de guardar todas las fotos donde estaba papá, como yo había pedido. Lo habían hecho mientras no estábamos. Sonó el teléfono, mi hermana atendió. Agradeció el saludo, excusó a mamá y cortó sin esperar que hicieran lo mismo del otro lado.
  – Un conocido de papá… – dijo, un vendedor de cubiertas para camionetas que se había enterado tarde y quería hacernos llegar sus condolencias.
  – Debe estar dolido, pobre. Perdió un cliente grande. – dijo mamá. Todos reímos sin soltar demasiado el ánimo; ella, en cambio, lo hizo sin problemas, no parecía triste. Siguió riendo, cada vez con más fuerza. Hasta que se dio cuenta que nosotros no acompañábamos su buen humor. Se disculpó, se levantó y fue al baño. Nosotros juntamos las tazas y limpiamos la mesa. Salimos al patio; el aire cálido daba todas las señales de que esa noche llovería. Fui a cambiarme la camisa y encontré todas las fotos que faltaban en el living sobre mi cama; quién haya sido el responsable, había cumplido la mitad de mi pedido. Miré algunas, pensando que ahora lo haría de otra manera, pero no fue así; no, por lo menos esa vez. Busqué la caja debajo de mi cama y las tiré sin preocuparme por ver dónde caían. Me saqué los zapatos y las medias, apoyé los talones sobre el piso frío de humedad y levanté el empeine, traté de separar todos los dedos de los pies, como un abanico roto que se abre y deja pasar el aire por donde antes habían estado sus membranas. Recostado en la cama, viendo por la ventana el sol esconderse de a poco, pensando en esas fotos y en cuánto tiempo descansarían en la caja debajo de mi cama, me quedé dormido. Cuando abrí los ojos me encontré en penumbras, salí de la pieza y vi que la tarde había terminado.
 – Mami no salió del baño – la voz de mi hermana llegó desde la cocina –, andá y preguntale si está bien.
 Fui y me paré frente a la puerta del baño unos segundos. Del otro lado la canilla estaba abierta y el agua caía. Golpeé.
 –           Mamá, ¿necesitas algo?
 –           No – cerró la canilla –, estoy bien, ya salgo.
 Mi hermana escuchó la conversación desde el living; volvió a salir al patio con un poco de comida para Orejón. El perro apareció de golpe entre sus piernas, moviendo la cola. Se tragó casi todo antes de que cayera al suelo. Era llamativo ver como entraba tanto alimento en un perro tan petiso. Fui a buscar las pantuflas al cuarto de vestir, al prender la luz me encontré con la imagen que el espejo de cuerpo entero devolvía de mí. Por un segundo sentí miedo de verme con tanta ropa negra encima. Busqué otro pantalón y las pantuflas. Antes de salir del cuarto volví a pasar frente a él, para asegurarme de que seguía vivo. La forma rectangular del espejo, apoyado sobre el suelo, me devolvía una versión más alta e inclinada hacia atrás. Crucé mis manos delante de la cintura y pude comprobar que estaba envejeciendo. Supe, en ese momento, que había heredado el tiempo. La vida de toda la casa descansaba ahora sobre mis hombros. No había otro hombre ahora.
             – Lo trajeron la semana pasada – dijo mamá; en algún momento había salido del baño. Se había maquillado y sus labios, rojos como nunca los había visto, parecían una herida abierta. –, le hicieron un marco nuevo, más sencillo, ¿ves? Así no se parece a esos espejos viejos de la casa de tu abuela. Siempre me dio miedo mirarme en esos espejos. – Tenía razón. Nunca antes la había visto mirarse al espejo como lo estaba haciendo ahora. Sentí vergüenza de mí mismo al descubrir que lo que había dicho yo no lo había notado nunca hasta ese momento. Se acercó y se miró mientras seguía hablando. – Nos regalaron este espejo cuando nos casamos con tu papá. Ahora es más chico, le tuvimos que quitar una parte por una rajadura que le hicimos cuando lo corrimos mientras pintamos el cuarto. Tuvimos suerte de que no se rompiera del todo. Aunque creo que los siete años de mala suerte los sufrimos igual.
 –           ¿Cuándo fue eso? – pregunté. Ella pensó unos segundos la respuesta y volvió a reírse como antes de entrar al baño.
 –           No me había dado cuenta… –
 –           De qué – le dije.
–           De que ya pasaron siete años. – y no dijo más.
 –           No entiendo. – dije yo.
 –           No importa… no me hagás caso. Mañana te lo embalo y te lo mando a tu casa la semana que viene. O te lo llevás vos cuando te vayas. No lo quiero más en casa. – Y  apagó la luz al salir del cuarto.

Nicolas Enrique  -Nogoyá – Entre Ríos, 1983.
Autor de dos libros de cuentos “Noche Mutilada” (Cuenta Conmigo Ediciones 2007) y “Crímenes viajes gente” (Editorial Reloj de Arena 2011). Algunos de sus cuentos han sido publicados en la revista digital eSe de la ciudad de Rosario. Actualmente escribe semanalmente en el diario digital Adn 24 de la provincia de Entre Ríos.

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