Roberto Carlos Dufour

Sacralgia

De repente quedó olvidado ,inmóvil,desconcertado.

Solo el mirar desesperado contra la pared resbaladiza,solo.Fué el costo de dejarla correr  como era entonces,libre libertad de moverse,de galopar,de escapar de no se que.

Estaba quieto,mordida terminal desde los abajos,casi un zarpazo mortal que lo partía,lo cortaba en dos.fue algo inesperado,inpresentido diría su amigo el gurú.Fué al despertar de un insomnio malhumorado,que lo tomó por sorpresa,lo revolcó contra el músculo contraído y lo desecho  sobre las sábanas de acero.

No puede caminar,no sabe como es eso ; y hacia dónde.Trata de pararse pero la gravedad lo derrumba nuevamente.Nuevamente.Implacable.Se diría que lo esconde del mundo que vuelve a rescatarlo pero no lo encuentra; y se va.La mordida es triturante en la escasa cintura sin musculos ya,desfallecente en un esqueleto que chirria a cada intento de pararse de respirar más arriba,de resucitar en un homínido en la casa llena de vacio y soledades .

No puede salir,no puede andar,le duele el alma del alma;la cintura de todo,los riñones de la vida.Le duele el dolor,la postura digna del hombre,la decencia del caminante en pie,como soñó alguna vez,soñando.Le duele y no puede ser de otra manera el dolor que lo muerde a dentelladas en la flexión de su materia,la bisagra del antes y el ahora.

Sacrilegio del ateo que se inclina solo frente al único dios que domina al hombre,el dolor; que no lo suelta y se desangra y  desarma vivo.

El dolor que lo doblega,lo dobla,lo muerde y lo termina ganando;pudiendo.Respira cada vez menos y más corto pero con más dolor.Dolorimiento total.El dolor convertido en sufrimiento;sufriendo totalmente,cada átomo del sí y del todo.

Sufriendo el dolor,la mordida implacable en la cintura,el cuerpo que se parte sin remedio.

Sacrílego doler en el atardecer de las fuerzas.

Dolor que lo muerde y dobla, y no lo suelta.

Solo.

Roberto DufourRoberto Carlos Dufour. Rosario. Febrero del 69.

Médico, aficionado a la lectura variada. Con algo de incursión en la adolescencia en la plástica. Participó en Bienal de Arte Rosario 92 en texto corto preseleccionado. Cree fervientemente en la unión de la ciencia con el arte. Lector de Cortázar, Galeano y semejantes. En trámite de buena persona y mejor padre. Rosarino terminal.

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 Noche Abierta. en issuu.com

 Textualidad. en Scribd.com

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Facundo Alejandro Re

Diálogos

La primera vez que hablé con Horacio yo tendría unos sesenta y pico de años. Acababa de fallecer mi mujer y lo recuerdo más que nada por eso, porque de no sentirme tan solo ni se me hubiera ocurrido seguirle la corriente.

Llamó a la noche, para decirme que la había conocido a Marta, que lamentaba mi pérdida y todas esas cosas que se dicen en momentos así. Yo estaba devastado por la reciente viudez, por lo que ni se me ocurrió preguntarle de dónde la conocía. En vez de eso le seguí la charla.

Terminamos hablando como una hora y se hizo realmente muy ameno. Le conté anécdotas de mi matrimonio, le hablé de nuestros hijos que vivían en Europa, de cómo sentía que una parte de mí había muerto con ella.

No sé por qué lo hice, nunca me sentí cómodo hablando de mi vida con desconocidos. Pero como ya dije, mi reciente soledad me había afectado mucho, y necesitaba algo a qué aferrarme. Cualquier cosa.

A partir de allí empezamos a entrar en contacto bastante seguido. Hablábamos por teléfono dos o tres veces por semana, nos mandábamos cartas, porque ninguno de los dos sabía usar la computadora, y él me visitaba de cuando en cuando para darme alguna sorpresa.

Pero nunca cuando yo estaba. Porque Horacio tenía una sola regla: nunca debíamos vernos, bajo ningún motivo. El no me buscaría y yo no debía buscarlo a él. Era muy insistente sobre eso y se enojaba cuando yo quería intentar un acercamiento. Yo imaginaba que se avergonzaba de su apariencia por algún defecto físico o algo por el estilo, y por eso no querría que lo viera. Con el tiempo dejé de intentarlo.

Como decía, él venía a mi casa, pero sólo cuando yo no estaba. Sucedía cuando por algún mandado debía ausentarme algunas horas, y a la vuelta encontraba cosas que Horacio había dejado para mí. La primera vez recuerdo que fue un libro de Bukowski que anhelaba leer pero no lo encontraba en ningún lado (yo se lo había dicho en alguna de nuestras diversas charlas), y me sorprendió mucho llegar y encontrarlo encima de la mesa del living.

Después me fui acostumbrando a esas cosas, al punto de tomarlo como algo natural y sorprenderme en caso de que no hubiese nada extraño cuando yo volvía.

Otra de las veces que más recuerdo fue al regresar de una de mis visitas al médico (que con el correr de los años se hicieron habituales), y encontrarme con una caja de habanos Cohiba, mis favoritos, que Marta siempre me había prohibido, aduciendo que eran malos para mis pulmones (tenía razón, por supuesto).

Yo no los compraba después de enviudar como una cuestión de respeto hacia mi fallecida esposa, algo que hablándolo con Horacio él se encargó de menospreciar completamente.

Se lo agradecí mucho por teléfono e insistí en verlo o ir a su casa para retribuírselo, pero se mostró férreo en negarse. De todas maneras al otro día le envié una botella de Bianchi 1887, el mejor vino que pude comprar.

Fueron corriendo los años y cada vez pasaba más tiempo adentro de mi casa comunicándome con Horacio. Llegamos a un  punto de hablar todos los días, con picos de dos o tres horas sin ningún esfuerzo. Tocábamos todos los temas: política, fútbol, salud, música, literatura. Horacio demostraba un conocimiento asombroso sobre todos ellos y muy a menudo dejaba en ridículo mis opiniones. Las cartas no eran tan frecuentes pero no las abandonábamos. Por lo menos dos o tres veces al mes le escribía.

Al cumplir yo los setenta y cuatro algo había cambiado. Mi enfermedad avanzaba velozmente y, según el médico, no llegaría a los setenta y cinco. Se lo comuniqué a Horacio, quien se despachó con un maravilloso monólogo sobre la vida y la muerte, sobre nuestras acciones en la tierra y sus consecuencias y sobre el próximo paso. Al cortar el teléfono rompí a llorar.

Ya lo tenía decidido. En realidad lo venía pensando hacía varios días. Sabía que no me quedaba mucho tiempo, y bajo ningún aspecto quería morirme sin ver a Horacio en persona. Ningún defecto físico o lo que fuera a encontrarme me impediría ver cara a cara a la persona más importante en mi vida de los últimos diez años.

Al día siguiente me puse mi mejor traje, anoté cuidadosamente la dirección a la que enviaba las cartas y tomé un taxi. Por supuesto, a Horacio no le dije ni una palabra. Sería una sorpresa. Yo estaba convencido de que por más que protestara al final me lo iba a agradecer.

El taxi anduvo como media hora. Era una dirección casi en las afueras de la ciudad.

“Llegamos” me avisó el chofer cuando se detuvo en una angosta calle de tierra en un barrio bastante humilde. Estábamos detenidos frente a un gran terreno baldío cubierto de yuyos y un montón de desperdicios de diversa índole.

“Es un baldío”, observé.

“Es la dirección que me dio”, objetó el taxista.

Chequeé los datos a ver si eran correctos. Calle Matheu Nº 467. El conductor me aseguró que no había otra calle Matheu en toda la ciudad. La casa que seguía tenía el número 469. La anterior, el 465. No había error.

Pedí al hombre del taxi que me esperara un momento y bajé a hablar con los vecinos. Pregunté en las dos casas que flanqueaban el terreno pero no conocían a ningún Horacio, y en ambas aseguraban que ese terreno había estado vacío por lo menos los últimos cincuenta años.

Me sentía muy desorientado. La cabeza me dolía y creí que iba a desmayarme. Volví al taxi y le pedí por favor al chofer que me llevara a la central del correo.

Creo que el taxista me hablaba pero en realidad lo adivinaba porque veía como sus labios se movían. Era incapaz de escucharlo. Todo me daba vueltas.

Pregunté en la mesa de entradas del correo sobre las cartas enviadas a la dirección de la que acababa de venir. Un empleado pidió mis datos y desapareció unos instantes. Al rato volvió con una caja llena de sobres sin abrir.

Me puse a revisarla desesperado. Eran mis cartas. Las que le había mandado a Horacio. Y debajo de ellas, la botella de Bianchi, herméticamente cerrada.

Me informó que había más cajas en el depósito. Le pregunté si no habían podido entregar ni una sola de las cartas. Me dijo que según el registro informático absolutamente todas habían regresado.

Con el corazón palpitando y haciendo grandes esfuerzos por no caerme salí del correo y fui a la empresa de teléfonos, que no estaba muy lejos de allí. Llegué diez minutos antes de que cerrara, pues ya eran casi las ocho de la noche.

Estaba como abombado, con dificultad para respirar y sin poder pensar claramente. ¿Cómo pudo Horacio contestar mis cartas durante todos esos años si la dirección a la que las enviaba no existía, y de hecho todas habían regresado sin ser abiertas al correo?

Mi cabeza era un torbellino de ideas que se anulaban mutuamente, y mi cara debió reflejarlo, porque el empleado de la telefónica me ofreció un vaso de agua antes de preguntarme qué necesitaba.

Acepté, y un poco más repuesto le dije que quería saber los datos de una línea de teléfono. Sonrió, me dijo que no habría problema y me solicitó el número de teléfono del qué quería los datos.

Abrí la boca para contestar y en ese momento me di cuenta de que no lo sabía. Tantos años, tantas llamadas telefónicas, y nunca se me ocurrió preguntárselo. Siempre me había llamado él.

Por más que parezca una obviedad, nunca me había percatado de ese detalle. Nunca lo pensé, nunca se me ocurrió. Ya dije que todo lo que sucedió lo fui tomando como algo natural.

Maldita soledad.

No recuerdo con que excusa me levanté y abandoné el lugar. Casi dando zancadas llegué a la calle y tomé un taxi a mi casa. La noche lo cubría todo y no dejaba ni ver las estrellas.

Yo no podía parar de pensar. Recordaba que en todas nuestras charlas Horacio nunca mencionaba nada de su vida ni de algo que tuviera que ver con él. Hablaba de temas generales, me preguntaba cosas, opinaba. Pero nunca decía nada que pudiera darme pistas de quién era. Diez años hablando casi a diario con una persona y resultaba ser para mí un perfecto desconocido.

Atravesé la puerta como un rayo, con el corazón a punto de salirme por la boca y todos mis nervios en estado de tensión. Sudaba como hacía años que no me pasaba, tenía las manos completamente frías y no podía dejar de temblar.

Recorrí la casa de punta a punta para ver si había algo extraño, una señal de Horacio. La vi al final del recorrido, en el living.

Encima de la mesa ratona había un papel escrito a mano, era la letra de Horacio, aunque su escritura no mostraba la prolijidad habitual, sino que parecía como garabateada a las apuradas o alterado por algo.

Tuve que hacer grandes esfuerzos para mantener mi mano quieta y poder leer la nota. Decía: “Te dije que no me buscaras. Ahora tenemos que hablar”.

Fue lo último que vi. La luz estalló dejando todo a oscuras. Un fuerte ruido se oyó en la cocina, y luego pasos que se acercaban. Sentí un aliento helado soplándome la nuca.

Horacio estaba allí.

 FIN

 

 


Facundo ReFacundo Alejandro Re
(Rosario, 1987). Es periodista, comunicador social y escritor aficionado. Fue conductor radial en FM Presencia 97.5, redactor en FútbolDeArgentina.com.ar y webmaster del sitio web oficial del Club Atlético Germinal de Rawson. Colaboró con la revista Medios y Enteros de Rosario y el diario La Ciudad de Rawson. Obtuvo el primer premio en el Concurso Internacional de Cuentos ‘Hontanar’ en 2012.

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Luciano Pamucio

Lamento

La hora de lo inevitable
es también inevitable.
Y una lágrima reposa
cansada de caer
sobre una grieta en el cemento.
Nueva es esta pena
que con rigurosa eficiencia
purifica
la canaleta de desagüe
del próximo lamento.

Pamucio leyendo

Luciano Iván Pamucio nació en Rosario, el 11 de noviembre de 1983. Es Lic. y Profesor en Comunicación Social egresado de la U.N.R. Ganó diversos premios literarios, nacionales e internacionales. Es autor del libro “Voces transitorias”.

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Graciela Meglia

DE SOLES Y DE LLUVIAS

Yo no conozco
el lenguaje
del fuego y de la lluvia.
Pero sí sé
que hubo lluvias
que me quemaron.
Y hubo fuegos
que pudieron
apagar mi sed.

Graciela Meglia.  Totoras, Santa Fe.

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Marcia Carrara

YO NO QUERÍA QUE TE FUERAS

“Mirá, está jugando la selección”, le dijo. Él le tomó la mano, se la apretó muy fuerte, tan fuerte que la hizo estremecer. Ella le señaló el televisor. Él no entendía demasiado lo que le estaba diciendo. Estaba rodeado de cables y un enorme tubo de oxígeno. Ella estaba asustada. En realidad, más que asustada, se sentía aterrada. Sabía que lo peor estaba por venir. ¿Por qué esas personas que amamos con locura nos dejan cuando nosotros todavía esperamos que nos empujen para caminar?, se preguntaba. Nunca pudo encontrar una respuesta. Por lo menos, no una que la satisfaga.

Sábado 16 de agosto de 2008. Copa Joan Gamper. Barcelona 2 – Boca Juniors 1. La selección para ella era el club de la rivera. Siempre le decía así. Aún le dice así. Él lo sabía bien, y se reía al escucharla. Peleaban a más no poder y nunca pudieron mirar un clásico juntos. Él llevaba en su corazón y en su alma los colores del “millonario”, de River Plate. Pero ni siquiera esa barrera tan grande pudo derribar el inmenso amor que había entre ellos. Ese loco lazo que los unía. La sangre. Pero había algo más. Ella se veía reflejada en él. Los dos arrebatados, pero siempre defendiendo lo que les parecía justo. Sangre “tana” y caliente corriendo por sus venas.

Ese día fue el último en que lo vio reir. A veces, su pesar se calma sabiendo que fue ella quien le proporcionó esa última sonrisa. Disfrutó tanto el gol de Viatri, que hasta creo que él se alegró por ella. Aunque después Puyol y Eto’o le pusieron un paño frío a esa superficial alegría. ¡Sí, superficial! Es que un triunfo de Boca no la iba a hacer sentir mejor. Boca ya no podía darle felicidad porque la felicidad estaba a punto de soltarle la mano. En ese instante, la vida de niña mimada y de muñeca de porcelana que había llevado por 21 años se enfrentó a la más triste realidad.

Era joven. Todavía tenía sueños que cumplir y batallas que ganar. Ella lo iba a ayudar, iba a ser su sostén. Sentía esa obligación. La tenía sólo a ella, a esa chica que ni bien nació le regaló un auto de carreras con la certeza de que iba a ser un varón. Pero fue amor a primera vista. Se enamoró de ella desde que la vio bostezar en esa habitación de la Clínica San Nicolás. Y la llevó en el tractor todas las veces que se lo pidió, y la dejó jugar a la “casita” en la casilla, pero jamás le permitió ganar una partida de chinchón. Esa es una deuda que quedó pendiente.

Ella recuerda que se agitaba con frecuencia, y que le pidió a su padre que salieran del hospital. Tenía la ilusión de volver a verlo. Pero se equivocó. A las diez de la noche del martes 19 de agosto, le llegó la peor noticia. Su abuelo, su abuelito, ese que siempre usaba la clásica bombacha de gaucho color verde seco y las alpargatas azules acordonadas, ya no estaba físicamente. Nunca más volverían a jugar al chinchón para esperar la Navidad. Nunca más ella viajaría en el improvisado asiento del jeep modelo ‘60 hacia Juan Gregorio Pujol, su hogar antes de mudarse al pueblo. Nunca más compartirían su adicción a los chocolates y a los postres.

“Yo no quería que te fueras”, ella repitió durante noches mirando una foto con su rostro, a escondidas, lejos de las miradas. Ella tenía que continuar con sus estudios, con su vida. Intentó mostrarse íntegra. Sólo máscaras. Era su abuelo materno. El abuelo Carlos. El que tan sólo tenía 72 años. El de los bigotes raros. El que le había enseñado a amasar un amor incondicional por la tierra. El que trató de hacerla a su imagen y semejanza. El que le regalaba las bombachas de gaucho para que se tirara en el pasto a apreciar la magia del campo.

Hace algún tiempo la vi. Está bastante delgada, con pelo largo tirando a rojizo, un poco más apática que antes, pero siempre dispuesta a darte la mano e intercambiar alguna que otra palabra. Las heridas parecen haber cicatrizado, pero su espíritu de lucha se mantiene intacto. Supe que forma parte de una organización que defiende los derechos de los pequeños productores en honor a su abuelo. Pero no puedo dar fe de ello. Seguramente seguirá sus pasos. Es que hay lazos y amores que el tiempo y la distancia jamás podrán romper.

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Nicolás Ferrera

Alter Ego.

¿Qué hice o deje de hacer para ser lo que soy? ¿qué fue lo que deje atrás para hoy estar haciendo esto? Siempre busco las respuestas, siempre. Creo que es hora de dejar de buscar las respuestas a lo que soy, lo que puedo ser y lo que fuí. Estoy aca, escribiendo, ¿acaso no era esto lo que querías? Te acordás, si te acordás. Quería esto hace unos años, ¿por qué ahora tengo que preocuparme por lo que quiero?; siempre cuestionándote todo vos.

¿Que pasó con la idea de rebaño? Fuiste parte de él, cuando no tenias ni un gramo de inteligencia para darte cuenta que eras parte de algo más, un engranaje dentro del sistema, una válvula que contenia dolor, frustración, miedo. Te despojaron de todo, ¿o me vas a decir que lo pasaste bien? Puede ser que lo hayas pasado bien, ¿pero los demás?. Los demás solo te importan ahora, cuando pudiste leer un poco y darte cuenta de lo que sos, de lo que querés ser, pero todavía no podés saber quien fuiste. No te preocupes, creo que nadie lo sabe, nadie sabe quien fue en realidad, porque eso se quedó atrás, fue la hoja dada vuelta, el viento se lo llevó todo, ¿o creés que están con vos las mismas personas que hace un tiempo? Fijate porque no estás más en todo caso, busca en el dolor, en la frustración y en el miedo.

Levanto la vista un momento, la música en mi cabeza suena de fondo y respiro profundo, los coros de las voces inquebrantables suenan una vez más, golpean con fuerza los tambores; ya no estoy dentro mio. Soy alguien más, pero no me siento perdido, creo que estoy en la dirección correcta. En donde el camino se hace más placentero, donde los cuestionamientos quedan atrás, al menos por un momento. Ves como sos, ya te estas preocupando, tranquilo, respirá, deja que la música suene, llevate la mano a la nariz y fijate que respiras calor y exhalas frío. Relajate, es el dolor que se está yendo, o quizás algo dentro tuyo quiera decir algo. Claro, son los coros inquebrantables, están latiendo junto a tu corazón ahora. Tus venas están hinchadas de tanta pasión, van a estallar de tanto latir. Tranquilo, es solo una voz interior. No soy un Dios, no soy nada de eso. Solo soy un pensamiento frío irrea. La diferencia es que las palabras se hicieron para describirme, en cambio vos, sos un ser que respira pero no puede entenderlo; vos te tranquilizas, pero no lo entendes; intentas entenderlo, pero no podés, porque no estas latiendo junto a mí.

¿No era que tenías todo bajo control hace unos años?, claro, es que no estabas viviendo. Probablemente, ni aún estes viviendo; en eso te pareces a mí, un simple y complejo pensamiento frío irreal. Formás parte de un mundo en donde pasan cosas, pero nadie lo transforma. ¿Quién es el encargado de juzgar lo que pasa en cada caso?, perdón, se que no querías más preguntas. ¿Qué pasa, no te gusta estar de este lado?. Me paseo por tu cabeza siempre, pero nunca me tuviste presente, hasta ahora. Mejor que te vayas acostumbrando a mí. Te pido perdón si soy duro o descortés, creeme que mi necesidad de caerte bien es inversamente proporcional a las ganas que tenés de escribir este texto. Me despreciaste, me pateaste como un trapo, me dejaste tirado ahí, donde nadie se atrevió a llegar; estuve muerto y estoy muerto. No resucitaré jamas, no voy a lamentar nada. Solo voy a contemplar la desidia de todos. ¿Qué se siente ser tratado así? No se si lo podrías explicar mejor que yo.

Ella sigue caminando la cornisa una y otra vez, nunca se cae porque el vacío de su pena es mucho más grande que el precipicio de la muerte. Incluso, es mucho mayor que el infinito, se perdió en alguna constelación de estrellas. ¿La extrañas? Se que si, confesalo. Ella es el punto de partida de todas tus alegrías, de todas tus mañanas de invierno en donde el sol salia solo para vos. Ella era tu calor, ¿por qué la dejaste ir?. La tristeza te está ganando el corazón, lo puedo sentir, hurgá en tu dolor, en tu fracaso, en tu pensamiento. ¿Qué más te esta pasando? Estas escupiendo sangre sobre un papel, tus venas son mi tinta, son mi creación. Soy el monstruo que se escondió en algún lugar de tu mente, no tengas miedo; si me conocieras no podrías mirarme a los ojos. Soy carne de tus lamentos y hambre de tus heridas; soy el espejo en donde jamás te observarías.

Se fue y quien sabe cuando va a volver, te quedaste estancado en algún lugar. Aunque debo reconocer, que fui yo quien se quedo atrapado en la nebulosa del tiempo. ¿Qué es el tiempo? No creo que exista. Sirve solamente para justificar porque llegamos tarde a todo, pero no es esa la verdad. Llegaste tarde a todo porque no supiste valorarlo; lo tuviste un momento y cuando empezaste a disfrutarlo, te lo quitaron o lo perdiste. Esa horrible sensación es lo peor que te puede pasar, pero es lo mejor que me sucedió. Pude conocerte, pude conocer a mi alter ego. Estoy hecho a prueba de balas, soy la autoflagelación subconsciente. Sentís un agujero en el pecho, esa bomba de venas y arterias que tenias se fue con ella; el lamento vuelve a acecharte. Las personas que están hoy quizás mañana no estén, y si están, procura ser lo menos injusta con ellos. Es un consejo que quiero darte, antes de que sigas preso de tu interior, cautivo del dolor y el sufrimiento, aterrado por el sufrimiento de pertenecer a lo que nunca pudiste ser. A estar en la fila de los conflictos, a permanecer callado en el estallido de tus entrañas, a tirar la toalla cuando aún te quede algo de aire para respirar, aunque sea el único movimiento voluntario que puedas hacer. Respira mientras puedas, y aguanta.

No voy a darte una razón para que creas en algo, no voy a escudarme en tu inercia, no voy a treparme a tus rejas heladas, esa cárcel no es para mí. Soy un hipócrita, soy la cárcel de tus miedos, pero trato de convencerte. La jaula es enorme, estoy muriendo cada vez más, y quizás eso te beneficie, porque estaré contigo siempre. No serás responsable de mi muerte, porque permaneceré hasta el último instante. No oirás mis suspiros, no oirás mis lamentos, no verás como me desintegro en un grito estremecedor. Cruzaré la vergüenza por última vez, no necesito una razón para seguir aquí. Seré testigo de mi destrucción; seré encasillado y arrojado al mar. De esa manera estarás con el tesoro que tantos anhelas, cuando deje de ocupar con mi presencia fría e irreal el lugar en donde ella merece estar en realidad. Mientras tanto, optaré por contar una y otra vez el tiempo de los mortales, escucharé esa canción que me trajo hasta aquí para saber de donde vengo y hacer menos solitaria mi partida. Dejo el pasaje de este mundo en la retina de tus sueños; ya no pertenezco a este lugar, este espacio vacio significa una limitación a mis intenciones.

Periodista, rosarino, nacido el 12 de octubre de 1988. Escritor (pero mucho más lector) y bloggero, supo transitar las aguas turbias de la música en tres notas en bares de mala muerte. Amante de la poesía como herramienta sintética y musa inspiradora para el pensamiento filosófico y crítico de la interpretación de la realidad. Hay que escribir para todos, dijo una vez Rodolfo Walsh y, después de él, nadie pudo hacerlo mejor. Para eso, habrá que escuchar, ver y sentir el latir del pueblo, de las mayorías; la única manera de conseguirlo es caminando a su lado. Podés leerme en Detrás de la Tormenta y en La Cosa Periodística.

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Manuel Gaitan

Accidente

La noticia salió transmitida en todos los canales y publicada en todos los diarios de aquel país de rara ubicación geográfica. Un hombre de aproximadamente 44 años de edad fue atropellado por un automóvil luego de realizar una maniobra “un tanto extraña”, según palabras del automovilista implicado e inclusive de algunos peatones que caminaban por allí en el instante del suceso. El accidentado llevaba en sus manos un libro de Fedor Dostoievski, el cual parecía no querer soltar, una vez muerto inclusive. Dicen que [tal vez] haya sido lo mejor que le paso en la vida.

Manuel Esteban Gaitán, de Capitán Bermúdez. Estudia la licenciatura en Comunicación Social de la UNR. Participó en las ediciones anteriores de PROSArio.


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Nicolas Enrique

Espejo

Llegamos a casa y prendimos las luces. Apenas habían pasado unos minutos de las cinco de la tarde, pero mamá no quería tener la sensación de estar en un lugar oscuro; aunque faltasen horas para que cayera el sol. Nos ofreció té. Ninguno se negó.

“Ahora empieza la peor parte del duelo”, pensé. Cuando fui a la cocina la encontré parada frente a la heladera sin poder moverse. Traté de quitarle importancia a la situación preguntándole si no quería que llenase la pava. Me miró, se rió y me agradeció en silencio. En el living empezó a sonar el televisor.

–           ¡Fijate si no está la novela! – gritó mamá.
 –           Son las cinco y media de la tarde, mamá. – dijo mi hermana.
 –           Ah, es temprano todavía. Anteayer terminó re interesante, no sabés. – me dijo, parecía animada. Afuera el mundo se movía sin cuidado. Cuando el agua estuvo lista llevamos todo a la mesa del living. Vimos las noticias: llovía en Buenos Aires y en alguna parte de Europa protestaban en la calle por miedo a perder el nivel de vida que tanto sacrificio les había costado obtener.
 Tomamos el té en silencio, mamá era la única que comentaba lo que la tele mostraba; aclarando y opinando cada cinco minutos. Las migas caían haciendo ruido sobre los platos cada vez que levantábamos una galletita dulce y el humo de las tazas parecía resonar también. Después vi que la pava era la que dejaba escapar el murmullo del agua hirviendo.
Alguien había tenido la delicadeza de guardar todas las fotos donde estaba papá, como yo había pedido. Lo habían hecho mientras no estábamos. Sonó el teléfono, mi hermana atendió. Agradeció el saludo, excusó a mamá y cortó sin esperar que hicieran lo mismo del otro lado.
  – Un conocido de papá… – dijo, un vendedor de cubiertas para camionetas que se había enterado tarde y quería hacernos llegar sus condolencias.
  – Debe estar dolido, pobre. Perdió un cliente grande. – dijo mamá. Todos reímos sin soltar demasiado el ánimo; ella, en cambio, lo hizo sin problemas, no parecía triste. Siguió riendo, cada vez con más fuerza. Hasta que se dio cuenta que nosotros no acompañábamos su buen humor. Se disculpó, se levantó y fue al baño. Nosotros juntamos las tazas y limpiamos la mesa. Salimos al patio; el aire cálido daba todas las señales de que esa noche llovería. Fui a cambiarme la camisa y encontré todas las fotos que faltaban en el living sobre mi cama; quién haya sido el responsable, había cumplido la mitad de mi pedido. Miré algunas, pensando que ahora lo haría de otra manera, pero no fue así; no, por lo menos esa vez. Busqué la caja debajo de mi cama y las tiré sin preocuparme por ver dónde caían. Me saqué los zapatos y las medias, apoyé los talones sobre el piso frío de humedad y levanté el empeine, traté de separar todos los dedos de los pies, como un abanico roto que se abre y deja pasar el aire por donde antes habían estado sus membranas. Recostado en la cama, viendo por la ventana el sol esconderse de a poco, pensando en esas fotos y en cuánto tiempo descansarían en la caja debajo de mi cama, me quedé dormido. Cuando abrí los ojos me encontré en penumbras, salí de la pieza y vi que la tarde había terminado.
 – Mami no salió del baño – la voz de mi hermana llegó desde la cocina –, andá y preguntale si está bien.
 Fui y me paré frente a la puerta del baño unos segundos. Del otro lado la canilla estaba abierta y el agua caía. Golpeé.
 –           Mamá, ¿necesitas algo?
 –           No – cerró la canilla –, estoy bien, ya salgo.
 Mi hermana escuchó la conversación desde el living; volvió a salir al patio con un poco de comida para Orejón. El perro apareció de golpe entre sus piernas, moviendo la cola. Se tragó casi todo antes de que cayera al suelo. Era llamativo ver como entraba tanto alimento en un perro tan petiso. Fui a buscar las pantuflas al cuarto de vestir, al prender la luz me encontré con la imagen que el espejo de cuerpo entero devolvía de mí. Por un segundo sentí miedo de verme con tanta ropa negra encima. Busqué otro pantalón y las pantuflas. Antes de salir del cuarto volví a pasar frente a él, para asegurarme de que seguía vivo. La forma rectangular del espejo, apoyado sobre el suelo, me devolvía una versión más alta e inclinada hacia atrás. Crucé mis manos delante de la cintura y pude comprobar que estaba envejeciendo. Supe, en ese momento, que había heredado el tiempo. La vida de toda la casa descansaba ahora sobre mis hombros. No había otro hombre ahora.
             – Lo trajeron la semana pasada – dijo mamá; en algún momento había salido del baño. Se había maquillado y sus labios, rojos como nunca los había visto, parecían una herida abierta. –, le hicieron un marco nuevo, más sencillo, ¿ves? Así no se parece a esos espejos viejos de la casa de tu abuela. Siempre me dio miedo mirarme en esos espejos. – Tenía razón. Nunca antes la había visto mirarse al espejo como lo estaba haciendo ahora. Sentí vergüenza de mí mismo al descubrir que lo que había dicho yo no lo había notado nunca hasta ese momento. Se acercó y se miró mientras seguía hablando. – Nos regalaron este espejo cuando nos casamos con tu papá. Ahora es más chico, le tuvimos que quitar una parte por una rajadura que le hicimos cuando lo corrimos mientras pintamos el cuarto. Tuvimos suerte de que no se rompiera del todo. Aunque creo que los siete años de mala suerte los sufrimos igual.
 –           ¿Cuándo fue eso? – pregunté. Ella pensó unos segundos la respuesta y volvió a reírse como antes de entrar al baño.
 –           No me había dado cuenta… –
 –           De qué – le dije.
–           De que ya pasaron siete años. – y no dijo más.
 –           No entiendo. – dije yo.
 –           No importa… no me hagás caso. Mañana te lo embalo y te lo mando a tu casa la semana que viene. O te lo llevás vos cuando te vayas. No lo quiero más en casa. – Y  apagó la luz al salir del cuarto.

Nicolas Enrique  -Nogoyá – Entre Ríos, 1983.
Autor de dos libros de cuentos “Noche Mutilada” (Cuenta Conmigo Ediciones 2007) y “Crímenes viajes gente” (Editorial Reloj de Arena 2011). Algunos de sus cuentos han sido publicados en la revista digital eSe de la ciudad de Rosario. Actualmente escribe semanalmente en el diario digital Adn 24 de la provincia de Entre Ríos.

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Cintia Nicoli

Maldita Bendición

Benditas manos, maldita la espera de sus caricias
Benditos labios, maldito aire que se interpone en sus besos
Bendita ñata, maldita fragancia que huye de su olfato
Benditos ojos, maldita faltante de sus miradas
Benditos oídos, maldita sordera de su voz aterciopelada
Bendito cuerpo… maldita distancia que separa sus roces
.

Observa

Por momentos se eleva y observa,
está presente en cada acto,
quizá en ese lugar sin participación
se percibe su institución.
Alerta uno de sus sentidos
procesa soplos de información,
intermediario sin serlo,
está inmune sin ser exento.
Espera que un ángel descienda
y con sus alas de terciopelo
haga de las voces
cosquillas distraídas.
Espera el ahogo de su desvelo
dar la nuca a los encontronazos,
si  la pugna no es su causa ni su deseo
sólo presencia nunca esperada.
Y sin embargo observa,
siempre tratando de elevarse
para estar por encima
sin partirse a la mitad.

 

Cintia Nicoli (1982 – Cañada Rosquín)
En su adolescencia descubrió en la escritura un refugio inigualable y a la vez una manera de derrumbar sus muros internos. De allí en más el deslizar de la tinta fue parte de su rutina. Tímidamente fue revelando sus escritos entre sus pares, y participando en concursos de poesía, narrativa breve y frases.
*Mención de honor en el Primer Concurso Internacional de Frases organizado por “Nueva Editorial Creativa”, Buenos Aires- Argentina.
*Finalista en el “XIX Certámen Internacional de Poesía y Narrativa Breve” organizado por “De Los Cuatro Vientos Editorial”, Buenos Aires-Argentina.
*Participación en “Prosario 2010: 1º encuentro literario de autores independientes”.
E-Mail: cintia82@hotmail.com

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Nerina Thomas

“Mis manos”

Traviesas, siempre tibias
energía permanente
las enciende.
Son las que se unen en la oración,
las que enhebran la ronda
Se estremecen
en el abrazo
en la catarsis de un cuento
cuando acerco un plato a  la mesa
En el desayuno preparado
En la sorpresa que da una arruga
frente al espejo.
Mis manos
son silencios
recogimiento
las alas de la palabra
como viento.

“La felicidad”

La buscaba sin saberlo.

Descubrí
que era tu palabra,
la misma de tus versos.

Tu presencia
así
de sorpresa
y tu risa
que contagió mis días.

Ella estaba
en mí
y le diste vida.

La felicidad
es este momento

Nerina Thomas (Rosario, 1954).

Poeta y escribiente rosarina que navega a diario entre letras, acompañada siempre con el tintero de los poetas, la música. Canaliza su energía en ellas y siempre como una maga plasma sus proyectos. Ha publicado: “Camino al cielo” (1998), “Veinte años vivos” (2000), “Seminario de vida desde el conocimiento” (2004), “Seminario de vida desde la fe” (2006), “Amigos” obra grabada en CD con música instrumental (2007), “La Navidad” obra grabada en CD con música instrumental (2007). Trabaja en los medios difundiendo las letras y todas las disciplinas del arte. Ha participado en diez antologías. En breve su primera novela: “La Boba”.
Blog: http://nerinathomas.blogspot.com/

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